La activista Carmen Escrig, Doctora en Biología Celular y Genética, defiende el cigarrillo electrónico como herramienta de reducción de daños y cuestiona los intereses que condicionan las políticas contra el vapeo.
El debate en torno al cigarrillo electrónico se ha convertido en uno de los más polémicos de la salud pública. Más allá de la retórica oficial, que resalta posibles riesgos y aplica una visión restrictiva, voces como la de Carmen Escrig recuerdan que el vapeo representa para miles de personas una alternativa frente al tabaco convencional.
En la conversación con esta activista se hace visible un fenómeno ya habitual: mientras se repiten mensajes alarmistas, se ocultan estudios y experiencias que apuntan a que los cigarrillos electrónicos pueden ser una vía real de reducción de daños. ¿Por qué se silencia esa evidencia? ¿A quién beneficia mantener un discurso cerrado?
Escrig subraya dos aspectos clave. Por un lado, la falta de información transparente: los datos se seleccionan para reforzar políticas preexistentes, sin reconocer la pluralidad de investigaciones.
Por otro, la presión de intereses económicos. El negocio de medicamentos para dejar de fumar y el gigante tabacalero presionan en sentidos opuestos, condicionando la regulación y alejando el debate de la ciudadanía.
El movimiento que representa esta activista insiste en que no se trata de presentar el vapeo como inocuo, sino como una opción que merece ser considerada. La cuestión no es equipararlo al tabaco, sino reconocer que existen diferencias y que muchas personas han logrado abandonar el cigarrillo gracias a estos dispositivos. La petición central: una discusión sin censura y con derecho a decidir informado.


